Todas las tardes la niña acompañaba a su padre hasta la huerta de cuyos frutos vivía la familia. Observaba cómo él ponía el motor en marcha para llenar los surcos con el escaso chorro de agua que manaba del pozo, insuficiente para regar las verduras, hortalizas y árboles frutales, resecos a causa del sol calcinante de comienzos del verano. El padre se quejaba de esa larga sequía que hacía peligrar la cosecha y del viento solano que se enganchaba en las plantas y las asfixiaba.
    En la casa, al acabar la comida, el matrimonio permanecía pegado al televisor siguiendo atentamente el programa del tiempo. Sus padres siempre repetían los mismos comentarios: “Otra semana sin llover. Si sigue el anticiclón, la cosecha se irá al traste. Necesitamos la lluvia más que el comer…” La niña asistía en silencio a esta cotidiana conversación.

    Desde la huerta, la niña trepaba hacia lo alto de una montaña próxima, se sentaba en uno de los picachos y contemplaba todo el valle. Oteaba correr las nubes que pasaban sobre su cabeza, presurosas de descargar sus cántaros en otras regiones. La pequeña se entretenía descubriendo en ellas caprichosas formas. Extendía los brazos intentando agarrarlas, pero las veía alejarse esbozando caras burlescas y sarcásticas sonrisas. Imaginaba que era un pájaro vigoroso y que volaba hacia un río y traía cubos de agua en el pico.
    El padre venía observando cómo, tarde tras tarde, la niña desaparecía durante un rato. Un día la siguió a la montaña y la vio hacer esos extraños movimientos con los brazos. Los levantaba como queriendo atrapar un imaginario pez volador y repetía esta operación una y otra vez. Así que —pensó el hombre— en eso se ha estado entreteniendo mi criatura todas estas tardes.
    Cuando la niña lo vio, antes de que el padre dijera nada, se le acercó despacio. Las manos sostenían los extremos de su falda remangada por delante.
    ─¿A qué estás jugando? ─preguntó a su hija, picado por la curiosidad.
    ─No estoy jugando, papá ─respondió la niña, seria, con toda la ingenuidad de sus siete años─. He estado recogiendo los vientos de lluvia y el vapor de las nubes. Creo que ya tengo suficiente. Tómalos y riega tu huerta.
    El padre esbozó una sonrisa por semejante ocurrencia, le agradeció su ayuda y, para seguirle la corriente, hizo un gesto de tomar lo que su hija le ofrecía y de meterlo en una bolsa.
    Al bajar de la montaña, la madre los estaba esperando. La niña pidió al padre que arrojara los vientos de lluvia a las plantas, pero él se resistía: pensaba que seguir con el juego le haría quedar como un imbécil delante de su esposa. Le dijo que no, y ante la insistencia de la niña, le echó una regañina. Ella rumbeó llorando hacia la casa, seguida de la madre. El padre se arrepintió de inmediato, y al bajar la vista vio que aún conservaba el puño muy apretado. Comprendió que, a pesar de todo, no había dejado de aferrar esa bolsa fantástica que contenía los imaginarios vientos. Aflojó el puño, hizo un gesto de abrir la bolsa y arrojar algo a las plantas. El hombre se quedó esperando algún leve movimiento de una hoja, algo que confirmara una brisa fresca, pero nada. Ni una gota. En el cielo no existía otra cosa que esa guadaña de fuego que quemaba las hortalizas.
    Esa noche, después de cenar, se acercó a la cama de su hija. La niña ya estaba durmiendo. Le dio un beso y se sentó a su lado, le acarició la carita y, llorando, le pidió perdón.
    Sólo entonces vio el resplandor en la ventana y, unos instantes después, oyó retumbar el trueno.


© De Rosa López Casero

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