Me lo dijo justo aquel día. Ni siquiera tuvo en cuenta que, en esa misma fecha pero cinco años antes, él me había jurado amor eterno.
    Me lo dijo como si fuera la cosa más natural y aplaudible, como si me estuviera contando una película. Mientras Paolo hablaba y hablaba yo me limité a observarlo con curiosidad. Me pidió que lo entendiera y lo aceptara así como era.
    —No me condenes —me dijo—, lo último que querría es hacerte daño.
    Después se fue.
    Yo me tiré en el sillón del living. Estaba idiotizada, no podía creer lo que acababa de escuchar. Con qué simpleza había definido la situación, con la misma simpleza con la que se tira a la basura un par de medias que ya no sirven.
    Cerré los ojos y recordé cuando nos conocimos en la cola del Gran Rex. Era domingo, yo esperaba para entrar a la función de la tarde. Estaba sola: Marta, mi mejor amiga, tenía gripe. Cuando él me toco el hombro, me asusté. Me di vuelta con intenciones de decirle una grosería, pero al chocar con sus ojos tan azules y expresivos me quedé muda. Entonces él me preguntó:
    —¿Esta función empieza a las cinco?
  Yo apenas pude mover la cabeza afirmativamente. Confusión que aprovechó para envolverme en este interrogatorio:
   —¿De dónde sos? ¿A dónde vas a bailar? ¿Quiénes son tus amigas? Porque estoy seguro de haberte visto antes, pero no recuerdo dónde…
    Me hizo gracia la mezcla de preguntas todas juntas y sin respiro. Con un gesto descarado lo miré de arriba abajo: el vaquero ajustado y el suéter negro le quedaban muy bien.
    —En cambio yo estoy segura de no haberte visto antes —le dije—, tus ojos no se olvidan fácilmente.
    Desde ese momento lo dejé todo por complacerlo. Paolo era muy celoso y decía que me quería sólo para él. Así que empezó pidiéndome que abandonara las clases de dibujo, y lo hice a pesar de que la pintura era mi gran pasión. Después me exigió que dejara de usar las polleras cortas y los pantalones ajustados, y del maquillaje también tuve que olvidarme. Pero a mí no me importaba, estaba dispuesta a sacrificar todo por amor. Me volví mezquina ahorrando peso sobre peso para que él pudiera terminar sus estudios, y hasta me alejé del barrio de toda mi vida y nos mudamos a Floresta, para estar cerca de su mamá.
   No habíamos alcanzado a estabilizar la situación económica, y quedé embarazada. Yo hubiera esperado un poco más, pero Paolo deseaba tanto tener un hijo que me lo impuso sin considerar lo que yo pudiera pensar.
    Nació una nena y le pusimos Julia, también en honor a su madre.
    Paolo estaba muy feliz con Juli y le daba todos los gustos; le había llenado la pieza de muñecas y peluches. El último regalo se lo trajo de Córdoba: un bebote tan grande como ella misma.
   Nada tuvo en cuenta Paolo cuando levantó la maleta y salió dando un portazo. Ni siquiera a Juli, que lloraba y movía los brazos para que le hiciera upa.
    Me levanté del sillón, enfrenté el espejo que colgaba al final del pasillo y con una amarga sonrisa le dije a la que estaba allí:
    —Te vas a volver loca, te tenés que volver loca.
    Con una sonrisa amarga la del espejo repetía lo que yo iba diciendo. Me tiré de nuevo en el sillón y quedé cara a cara con el bebote cordobés, que estaba como apesadumbrado, hundido en su sillita de mimbre. Lo observé un rato largo: se parecía tanto a Juli, con sus rulos castaños sobre la frente, su textura blanda y rosada de bebé. Incluso los ojos eran igualitos a los de Juli. Ella le había copiado los ojos al padre, que eran grandes, redondos y muy azules, tan azules y cristalinos como esas bolitas japonesas con las que juegan los chicos.
    Después alcé a Juli y la llevé a su cuarto. La puse bocabajo sobre la cama y le di golpecitos para que se durmiera. Y mientras miraba su vestidito rayado rojo y blanco —el que tanto le gustaba a Paolo—, se me fue ocurriendo la idea. Porque a él tenía que devolverle el golpe bajo y pegarle donde más le doliera. Y si había algo que él no podría soportar, era que le dañaran a su Juli…
    Pasaron tres días sin que Paolo diera señales de vida, hasta que un sábado llamó por teléfono para avisarme que el domingo vendría a jugar con Juli. También necesito hablar con vos, me dijo, y cortó. Más tarde hablé por teléfono con Marta y quedamos de acuerdo para vernos ese mismo día.
   El domingo cuando le abrí la puerta a Paolo, yo estaba en camisón, con pantuflas y despeinada.
   Mientras él prendía un cigarrillo y se acomodaba el pelo que le caía sobre la frente, me buscó los ojos con una mirada de complicidad. Yo hice una mueca y empecé a decir algunas incoherencias.
   —Hay olor a quemado. ¿Habrás dejado algo en el fuego? —y me miró preocupado. Encogí los hombros y no respondí. Paolo me esquivó y entró a la casa. El olor venía del patio. Cuando abrió la puerta, una ola de humo lo hizo toser. Los cajones del placard crujían entre las llamaradas, que, en columnas feroces, ascendían acompañadas de partículas oscuras y un fuerte olor a celuloide.
    Volvió al living murmurando “Tranquilo, Paolo… Tranquilo”.
    —¿Dónde está Juli? —me preguntó.
   Le sonreí mientras jugaba con un osito de paño, y haciendo un gesto teatral le señalé una de las puertas que daba al pasillo. De dos zancadas cruzó el espacio que lo separaba del lugar.
   Lo seguí hasta la puerta del baño acunando el osito y cantando una canción. Paolo prendió la luz y miró hacia la bañadera, donde flotaba el vestidito rayado. Se dio vuelta y me gritó:
    —¡Qué hiciste, loca de mierda!... ¡Qué hiciste!... Y dándome un empujón se precipitó a la calle para pedir ayuda. Instante que yo aproveché para sacar el bebote de la bañadera, envolverlo en una toalla, agarrar el bolso y salir corriendo hacía el auto de mi amiga Marta, que me esperaba cerca de casa. En el asiento de atrás, Juli dormía.
©Ángeles García García

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