Ya era mediodía cuando Tomás despertó. Después de unos minutos de vacilación, se puso de pie y se dirigió con paso lento hacia el baño. Estaba raro esa mañana. La noche anterior se había bajado casi un litro de whisky, pero no le dolía la cabeza. Se sentía ausente, etéreo. La habitación parecía más vacía que de costumbre y terriblemente silenciosa, como si sus pasos no provocaran ningún sonido.
    Ya en el baño se miró al espejo, esperando ver aquel rostro de ojos rojos, con la mirada cansada, quizás con barro seco en el pelo después de haber dormido una borrachera en el piso de algún otro baño. Es decir, aquella cara que lo miraba desde el espejo por la mañana, cada vez que pasaba la noche bebiendo en el bar de Katia.
    Sin embargo no fue esa la imagen que vio. No había ojos rojos ni cabellos sucios. A decir verdad ni siquiera había ojos o cabellos. Lo único que se reflejaba era la puerta del baño, entreabierta y con dos toallas sucias colgando.
    Trató de tomarse la cabeza, pero esta ya no estaba donde debería. Comprobó con sorpresa que sus pies ya no descansaban en el piso, al final de sus piernas. Tampoco estas colgaban, como de costumbre, de su cintura. Intentó contar los dedos de sus manos, pero aunque normalmente lograba llegar a diez con facilidad, esta vez no pudo ni siquiera localizar el primer dedo, o la mano que habitualmente lo albergaba. Quiso pellizcarse para asegurarse de que no era un sueño, pero no encontró dónde —ni con qué— hacerlo.
    Tomás no sabía qué pensar. Quizás se había levantado demasiado rápido y se había olvidado el cuerpo en la cama. En seguida volvió a su habitación y buscó entre las sábanas. Se fijó abajo de la mesa de luz, en el ropero y hasta en el espacio que quedaba entre ambos muebles, donde tan a menudo iban a parar las cosas perdidas. Pero fue inútil. Alguien se había llevado su cuerpo mientras él dormía.
    Preocupado, Tomás se sentó en la cama —si hubiera podido, se hubiera agarrado la cabeza con desesperación—. Recordó un artículo que había leído la semana anterior. Personas que eran secuestradas y despertaban en una bañera llena de hielo con dos horribles heridas en la parte baja de la espalda, donde antes tenían los riñones. Tráfico de órganos. Quizás eso había sucedido con su cuerpo. Su corazón podría valer miles de dólares en el mercado negro. Sus pulmones quizás todavía más.
    Aterrado, comenzó nuevamente a revisar el departamento. Nada faltaba. No había ventanas abiertas, las cerraduras no estaban forzadas. Los pocos objetos de valor que tenía seguían en su lugar. Parecía que nadie había entrado a la fuerza.
    Intentó recordar cómo había llegado a casa la noche anterior. Había salido del trabajo bastante tarde y había tomado un taxi hasta el bar de Katia (ahora le venía al pensamiento la imagen de su mano alzándose para detener el taxi; y si esa mano estaba unida con su brazo y su brazo con su cuerpo, supuso que en ese momento aún conservaba el cuerpo consigo). Una vez en el bar, se había sentado en la barra como tantas otras noches. Una botella de whisky más tarde, había salido del bar bastante borracho. Después, nada. El nuevo día lo había encontrado en su habitación, tendido en la cama y sin su cuerpo.
    Decidió volver al bar, quizás se lo hubiera olvidado allí. Salió a la calle y se dirigió al auto, estacionado en la vereda de enfrente. Sin embargo, enseguida se dio cuenta de que sería muy difícil manejar sin manos ni pies. Iría caminando: si se apuraba podía llegar en unos veinte minutos.
    En una esquina se cruzó con la señora Da Silva. Tomás pasó a su lado, sin responder a su saludo. Estaba demasiado preocupado como para detenerse a conversar. Ella le dirigió una mirada de reproche. Nunca había sentido aprecio por aquel joven. Llegaba muchas veces a la madrugada, obviamente alcoholizado, y hacía tanto ruido que despertaba a todo el barrio. Y ahora, para colmo, se dignaba a salir a la calle así, sin cuerpo. La señora Da Silva pensó que tendría que convocar a la junta vecinal para discutir aquel tema. El suyo siempre había sido un barrio respetable, y no había necesidad de soportar ese tipo de atropellos.
    Tomás decidió ignorar a su vecina y redobló la marcha. Al llegar al bar, se alegró de que Katia nunca cerrara, ni siquiera un sábado al mediodía. El lugar estaba vacío y oscuro. Los vidrios sucios apenas dejaban pasar una luz débil, que jugaba entre las botellas de licor y las pocas mesas. Katia, recostada contra la barra, lo miró con cara aburrida. Era tan sólo un par de años mayor que Tomás, pero ya su cabello comenzaba a teñirse de blanco. Mujer alta y voluminosa, tenía un carácter taciturno y casi no hablaba. Por eso Tomás disfrutaba tanto de ese bar. Le gustaba sentarse tranquilo con su trago, sin perderse en conversaciones inútiles.
    —Katia —dijo Tomás—: ayer creo haber olvidado algo muy importante acá.
    —¿Que perdiste ahora, Tomás?
    —Hoy me levanté y no estaba mi cuerpo. ¿No lo viste quizás tirado en el baño? ¿O dormido sobre alguna mesa?
    —No puedo hacer de niñera de cada borracho que viene a beber acá —respondió Katia, mientras servía un vaso de whisky y se lo acercaba—. Todo lo que encuentro va a la basura, en el callejón de atrás, sin importar lo que sea.
    Tomás ignoró la bebida que le ofrecía Katia y salió por la puerta trasera. Abrió el contenedor metálico de la basura. Saltó adentro y comenzó a buscar con desesperación.
    Entonces, entre dos bolsas de desperdicios, vio un pie. Con rapidez comenzó a apartar las bolsas. Apareció una pierna. Un hombro. Una cabeza... pero no era su cabeza.
    Examinó con atención aquel cuerpo. Parecía un poco más viejo que el suyo, aunque más delgado y alto. Era de tez oscura, lo que alegró a Tomás, ya que siempre había renegado de su piel sensible: después de una tarde al sol, terminaba dolorido y rojo como un tomate.
    Escarbó un poco más en la basura, pero al no encontrar otro cuerpo, decidió que ese serviría.
    De un salto salió del contenedor. Se miró las manos. Contó los dedos. Se tocó la cara, el cabello, los dientes. Parecía que todo estaba en su lugar. Movió los brazos y las piernas. Eran definitivamente más largas que las anteriores, pero sabía que no tardaría en acostumbrarse.
    Volvió al bar, se sentó en la barra y tomó el vaso de whisky que todavía lo esperaba. Mientras disfrutaba el primer trago decidió que pasaría el día ahí, con una botella de escocés y la silenciosa presencia de Katia. Después de todo, un nuevo cuerpo era una buena excusa para festejar. 
© De Alejandro Niklison

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